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    October 12

    Dime para qué lo necesitas.

    De entre sus manos, resurge algo rojo. Palpita con dificultad, casi ahogado por ellas... ¡Avariciosas! Lo quieren para sí mismas, sin importales lo que pueda estar sufriendo. Le roban su libertad, dejando que la sueñe y la añore para atormentarle. Le prohiben respirar; argumentan que no sirve de nada.

    "¿Para qué necesitas hacerlo si estamos aquí nosotras, que te lo damos todo?", le dicen entre risas mientras aprietan más. Su último aliento se encuentra tan próximo...

    Y él aguanta, porque a pesar de todo cree ser muy fuerte. Decide que no ha llegado aquí para nada. ¡Qué valiente y qué ingenuo eres! Esas manos pálidas, frías pero bellas al mismo tiempo, siguen sustentando su vida. ¿Acaso no vas a darte por vencido de una vez?

    Pero todo comienzo tiene un final y todo final posee el suyo propio. Y así, entre palabras transcritas en un tiempo indefinido, su agonía pudo.

    Pequeñas lágrimas rojas nacían de su interior, resbalaban por él lentamente, acariciándole con una suavidad tan perversa para acabar surcando sus manos... Lo sabía. Del mismo modo, su resplandeciente brillo se fue apagando hasta convertirse en algo inerte, una masa putrefacta de color negro; ésa que ya no siente ni padece. Ya se había apagado por completo, sin embargo, desde algún lugar no muy lejano seguían riéndose. Buscando una nueva víctima, ¿verdad?

    Algunos lo llaman corazón, pero no entendían el significado que encerraban esas palabras. Esas manos siguen jugando a día de hoy, detrás de lo más valioso que se tiene.

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    October 01

    Llovía...

    Llovía, tal y como hoy. Paseaba por el puerto de Bilbao arropado por un paragüas roído por el tiempo y un viejo abrigo, que le daba cierto aspecto desaliñado. Caminaba con paso cansado, como si su avanzada edad le impidiese hacerlo de otro modo. Sus pobladas cejas y su pelo empapado por la humedad en esos días en los que el cielo lloraba sin tregua apenas le dejaban contemplar del paisaje.

    El lugar estaba desierto y todos los barcos permanecían amarrados en su numeración correspondiente. Bajo su cabeza, una capa gris se hacía notar desde varios kilómetros a la redonda. Sin embargo, no le importaba mojarse una vez más.
    Al mismo tiempo, los charcos se iban llenando con el agua que seguía cayendo sin parar desde que había retornado su camino hacia allí.

    De repente, se paró en seco. Fue como una de esas veces en que hace mucho tiempo que no vas al sótano. Empiezas a revolver entre las mil cajas que se encuentran allí, sin esperar descubrir nada que te sorprenda. Y es entonces cuando lo ves, recuerdas la maraña de sentimientos que entrañaron lo olvidado y duele. Simplemente duele.

    Después de tantos años, volver a ver esa marca en un banco, que delimitaba un pequeño paseo con el puerto, le hizo sentirse inútil, pequeño. Grabado en la madera, perdurando al tiempo, a la lluvia y hasta al espacio.

    ¿Cómo podía haberlo olvidado? ¿Tan sencillo era deshacerse de un hecho así? Habían pasado quince años, en los cuales no había tenido el corage y la idea de volver.
    Pero aquellas iniciales lo decían todo. Lo bueno y lo malo, lo doloroso y lo lleno de felicidad, lo que rompió esperanzas y lo que las unió. Todo.

    Asombrado, tiró el paragüas en el suelo y echó a andar. La acarició con la mano temblando a causa de la vejez, en la que habían aparecido misteriosamente un par de gotas de agua, y se preguntó por qué.