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    September 03

    Ella.

    Olvidó la oscuridad de sus garras,

    anheladas por su fondo herido.

    Dejando atrás las dulces miradas,

    sin recordar las tardes grises de abril.

     

    Rozó por último anochecer

    la mariposa helada de su compañero,

    fúnebre ya su alma,

    muerto ya su corazón.

     

    Recordando a los olvidados,

    recogió sus penas y lejos huyó.

    Dio por perdido lo levantado

    pero jamás mostró su interior.

     

    Ella,

    la que ríe

    y la que sueña.

    Ahogada ahora en su propia miseria.

     

    Y después de recorrer sin luz

    los castillos antes pintados

    como mil flores de ilusión,

    subordinó su deseo.

     

    Y después de saborear sin ganas

    tantas estrellas azules

    como se le permitió,

    subordinó su deseo.

     

    Y después de sentir, alocada,

    mil experiencias vividas

    como una segunda oportunidad,

    dejó libre a su espíritu para elegir.

     

    Ella,

    la que sufre

    y se condena.

    Ahogada ahora en su propia miseria

     

    Salió, aún insoluble,

    tras aquel amor destruído

    con esperanza alguna

    de recuperar la pasión.

     

    Recorrió bosques nevados

    llenos de estepa helada,

    tupidas por vegetación sin aliento

    habitados por la soledad.

     

    Volvió a los antiguos ríos

    abandonados ya tras la sangre.

    Regresó a los palacios

    que un día su sonrisa vislumbró.

     

    Ella,

    la que olvida

    y perdona.

    Ahogada ahora en su propia miseria.

     

    Y una calurosa jornada

    habiendo sucedido ínfimas penalidades,

    se encontró como en la primera vez:

    muda, sin habla, esperando su risa.

     

    Allí estaba la dulce mariposa de su alma,

    coloreada de mil formas,

    sus alas dibujadas

    en su rostro sin retorno.

     

    La incrédula joven se acercó,

    cuidando de no revivirla del todo,

    al árbol donde había nacido,

    al árbol donde iba a morir.

     

    Ella,

    la que se enfrenta

    y no perdona.

    Ahogada ahora en su propia miseria.

     

    Aferró entre sus manos

    el recuerdo que no le fue concedido,

    aunque amado en el fondo,

    más dolida por fuera.

     

    Decidida a obviar otro futuro

    clavó en las raíces sin latir

    del que había sido su cariño

    la dorada daga que le él había regalado.

     

    Gritó ensangrentado.

    Ninguna razón ya para llorar.

    Y ella quedó deshecha entre

    recuerdos de cristal, destrozada.

     

    Ella,

    la que asesina

    y no perdona.

    Ahogada ahora su propia miseria.